«Una puerta para sanar a Venezuela»

 

La liberación de los exfuncionarios de la Policía Metropolitana Erasmo Bolívar, Héctor Rovaín y Luis Molina, tras 23 años privados de libertad, representa uno de los acontecimientos más simbólicos y emocionalmente complejos de la historia reciente de Venezuela.

No se trata solamente de la excarcelación de tres hombres; se trata de un recordatorio doloroso de cuánto sufrimiento, polarización y heridas acumuladas ha dejado el conflicto político venezolano durante más de dos décadas.

Su libertad debió haber llegado hace mucho tiempo. Demasiado tiempo atrás. Ninguna sociedad puede considerarse sana cuando hombres permanecen encarcelados durante más de veinte años en medio de procesos cuestionados, controversias políticas y un sistema judicial señalado constantemente por organismos nacionales e internacionales por su falta de independencia. La justicia tardía nunca es justicia plena.

Las palabras de quienes celebraron esta liberación resumen el sentimiento de miles de venezolanos. Se habló de “tres venezolanos inocentes que nunca debieron estar presos”. También de tres familias que “padecieron por 23 años la crueldad”. Detrás de cada situación similar existe una cadena de sufrimiento silencioso: madres envejecidas esperando visitas, hijos creciendo sin sus padres, esposas sosteniendo hogares en medio del miedo y la incertidumbre.

Este caso, además, posee una enorme carga histórica y política. Durante años, su encarcelamiento sirvió como pieza de un relato político que profundizó aún más las divisiones nacionales. Por eso, ahora podría abrirse una nueva etapa donde las otras voces, las otras perspectivas, tengan finalmente espacio para ser escuchada.

Venezuela necesita precisamente eso: escuchar a las víctimas de todos los sectores. Escuchar a quienes perdieron familiares en el enfrentamiento político. Escuchar también a quienes, desde distintas posiciones ideológicas, han sufrido las consecuencias de la destrucción nacional. Ningún país puede reconstruirse sobre el silencio forzado ni sobre la memoria selectiva.

La liberación de Bolívar, Molina y Rovaín debe interpretarse como una oportunidad para avanzar hacia algo mucho más profundo que un simple gesto político: la reconciliación nacional. Pero la reconciliación verdadera no puede edificarse sobre cálculos coyunturales ni sobre liberaciones parciales. Tal como se ha señalado, esta situación no puede seguir esperando.

Por eso el mensaje más importante tras estas excarcelaciones es también el más urgente: deben ser liberados absolutamente todos los encarcelados injustamente en Venezuela. Todos. Sin excepciones, sin discriminación y sin condicionamientos. La existencia misma de prisioneros de esta clase continúa siendo una herida abierta para el país y un obstáculo inmenso para cualquier intento serio de democracia.

El testimonio de Erasmo Bolívar tras recuperar su libertad refleja tanto el dolor vivido como la esperanza que aún persiste. “Sí se puede, de esto se sale”, expresó. Son palabras cargadas de humanidad después de más de dos décadas de prisión. También Luis Molina resumió una verdad elemental que muchas veces se olvida en medio de los discursos políticos: “Salir en libertad es lo más importante, lo más bello que hay en este mundo”.

Esa frase debería resonar en toda Venezuela. Porque nada puede justificar el sufrimiento de quienes claman por justicia real. Porque las razones que se esgrimieron en su contra son objeto de interrogantes a todo lo opaco que ocasionó que tres seres humanos perdieran la mitad de su vida en un encierro lleno de cuestionamientos.

La reconstrucción del país no será posible únicamente con acuerdos económicos o cambios electorales. También requerirá un profundo proceso de sanación nacional. Y sanar implica reconocer errores, desmontar mecanismos que obstaculicen la justicia y colocar la dignidad humana por encima de cualquier interés ideológico.

Después de tantos años de confrontación, los venezolanos necesitan señales reales de esperanza. La liberación de estos tres exfuncionarios puede convertirse en una de ellas si representa el inicio de un proceso mucho más amplio de justicia, reconciliación y respeto a los derechos humanos.

Venezuela merece cerrar el ciclo de los injustamente encerrados. Merece dejar atrás el miedo, la persecución y el uso del miedo como herramienta de poder. Merece abrir finalmente una nueva etapa donde ninguna persona sea encarcelada por razones políticas y donde las diferencias puedan resolverse mediante instituciones legítimas, diálogo democrático y respeto mutuo.

La libertad de estos tres venezolanos no repara completamente 23 años de oscuridad. Pero sí puede convertirse en el comienzo de algo indispensable: la posibilidad de que Venezuela vuelva a encontrarse consigo misma.

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