
La política a veces regala escenas que nadie anticipa. La aparición del dirigente venezolano Enrique Márquez como invitado en el Discurso del Estado de la Unión del martes en el Capitolio de Washington fue una de ellas.
Para muchos venezolanos, acostumbrados a años de tensión y desencuentros, la imagen resultó tan sorprendente como simbólica: un actor político moderado, de trayectoria compleja y espíritu dialogante, ocupando un lugar visible en uno de los escenarios más influyentes del mundo.
Lejos de interpretarse como un gesto protocolar más, su presencia puede leerse como una señal de algo que Venezuela necesita con urgencia: la posibilidad de reconciliación.
Al día siguiente fue invitado a la Casa Blanca donde, preguntado por medios de comunicación sobre sus esperanzas para Venezuela, contestó: “Todas, todas las esperanzas. Lo que está pasando es bueno. Tenemos una oportunidad y creo que la podemos aprovechar. Por lo menos, ese es mi compromiso: aprovechar esta oportunidad para reconstituir el país que todos queremos”.
En tiempos marcados por la polarización, la figura de Márquez —un político que ha transitado por distintos espacios, tendiendo puentes entre sectores enfrentados— emerge como la de un potencial conciliador, capaz de acercar posiciones y abrir caminos.
Su trayectoria explica en parte esa percepción. Originario de Maracaibo y formado en la política parlamentaria desde hace más de dos décadas, Márquez ha sido diputado, vicepresidente de la Asamblea Nacional y también rector del Consejo Nacional Electoral. Ha participado en proyectos de sectores opositores, mientras ha mantenido vínculos de comunicación con corrientes del oficialismo histórico. Esa diversidad de experiencias, lejos de restarle coherencia, le ha otorgado una cualidad escasa en la Venezuela contemporánea: la capacidad de hablar con todos.
En los últimos años, su perfil se consolidó como el de un dirigente institucionalista, defensor del entendimiento dentro del marco constitucional. Incluso en momentos de alta conflictividad, insistió en la necesidad de preservar los canales democráticos y evitar que el país se deslizara hacia escenarios irreversibles. Esa vocación por el diálogo es, precisamente, lo que hoy lo convierte en una figura con potencial para servir de puente.
Su inesperada aparición en Washington podría interpretarse como el reconocimiento internacional a esa postura. También como un mensaje de que el mundo observa con interés a quienes, desde dentro de Venezuela, promueven soluciones pacíficas y consensuadas. En un escenario global donde los conflictos suelen resolverse con confrontación, la apuesta por la conciliación resulta especialmente llamativa.
Más allá de lecturas geopolíticas, lo cierto es que el gesto tiene un profundo significado simbólico para los venezolanos dentro y fuera del país. Ver a un dirigente asociado al diálogo ocupar un lugar destacado en un evento de esa magnitud sugiere que la política venezolana aún puede producir liderazgos capaces de unir en lugar de dividir. Y eso es una noticia alentadora.
Venezuela necesita reencontrarse consigo misma. Después de años de tensiones y fracturas, el país requiere figuras que puedan tender la mano a ambos extremos del espectro político para construir un centro, donde haya espacio para la justicia, el entendimiento y la convivencia.
No se trata de borrar las diferencias, sino de administrarlas con madurez democrática.
En ese sentido, Márquez podría representar un tipo de liderazgo distinto: con menor volumen, pero con más reflexión. Menos orientado a la confrontación inmediata y más enfocado en soluciones duraderas. Su historial de conversaciones con actores diversos sugiere que entiende la política como un necesario ejercicio de encuentro, no de exclusión.
La historia demuestra que los procesos de reconciliación nacional suelen comenzar con gestos inesperados. La presencia de este venezolano en el corazón político de Estados Unidos puede ser uno de ellos. No porque resuelva por sí sola los problemas del país, sino porque introduce una narrativa distinta: la de la nueva posibilidad.
También envía un mensaje a la sociedad nacional, especialmente a las nuevas generaciones: la política no tiene que ser sinónimo de conflicto permanente. Puede ser, también, un espacio para la construcción colectiva, para el reconocimiento del otro y para la búsqueda de acuerdos que beneficien a todos.
Quizás por eso la escena fue recibida como una grata sorpresa. Porque recordó que aún existen caminos abiertos hacia el entendimiento. Que la reconciliación no es una utopía, sino una tarea pendiente que puede comenzar con pequeños pasos, con símbolos que inspiren confianza y con liderazgos dispuestos a escuchar.